miércoles, 5 de febrero de 2014

El Hallazgo Fortuito y Afortunado

En esta ocasión comparto una reflexión extraída del libro “La misión de tu alma”, de Linda Brady y Evan St. Lifer, Ediciones Urano.

No es raro que nos desalentemos en la búsqueda de nuestros objetivos y sueños cuando no conseguimos los resultados que hemos previsto. Cuando las cosas no salen, dejamos de esforzarnos, abandonando sin más ceremonias lo que habría podido ser un viaje satisfactorio y lleno de sentido. Hacemos oídos sordos al reino de las posibilidades.

A menos que aceptemos el hallazgo casual y afortunado como nexo valioso para nuestro potencial, estamos muy presionados a vivir con brío, a celebrar nuestras respectivas misiones y revelarnos en ellas. Las cosas buenas parecen pasarles a los demás, mientras nosotros seguimos sentados en el banquillo. Pero ¿quiénes son esas personas que consiguen lo que verdaderamente desean?  Son las que tienen fe en que algo bueno resultará de los hechos fortuitos, ya sea una experiencia de aprendizaje o un giro positivo del destino. Sin embargo, cuando estamos paralizados por nuestro miedo al fracaso, limitados por nuestras propias reglas internas, exudamos energía negativa y nos obsesionamos preguntándonos por qué las cosas no salen como las habíamos planeado.

Esos hallazgos son un resultado inesperado que aparece al tomar una medida. La única forma en que podemos adoptar la posibilidad del hallazgo fortuito y afortunado como un credo personal es comprometiéndonos emocionalmente con un solo resultado deseado. El resultado que esperamos viene de nuestro intelecto, de nuestra mente consciente. Con mucha frecuencia estamos restringidos por la miopía del intelecto, por su disposición a captar sólo un escenario anticipado. Contemplar el espectro de opciones con nuestra alma nos permite diversificar nuestras expectativas, darnos cuenta de que la posibilidad de lo inesperado –con algunos ajustes- puede ser mejor que cualquier cosa que hayamos imaginado.

Estoy de acuerdo con quienes dicen que necesitamos fijarnos objetivos y llevar a cabo acciones decisivas a través de la visión y el compromiso. La clave para garantizar el éxito no está, sin embargo, en el resultado exacto en sí, sino en nuestra capacidad de aprender y de permanecer flexibles durante el proceso, al margen del resultado. La gente que triunfa lo hace reedificando, poniéndose al día y reconfigurando. Podemos considerarlas personas afortunadas, pero han estado ocupadas construyendo sobre su propio hallazgo, aprovechándolo como un trampolín para el logro. Por eso, recuerda: permanece receptivo a otras posibilidades.

He aquí tres preguntas que te ayudarán:

  • ¿Para qué mi  alma ha creado esta situación y qué puedo aprender de ella?
  • ¿Cómo me ayudará esta experiencia a realizar la misión de mi alma?
  • ¿Cuál es el posible hallazgo afortunado oculto en este desafío?

domingo, 5 de enero de 2014

La Psicología del Individuo

Hoy comparto un fragmento del Capítulo 11 del libro “Astrología, Psicología y los Cuatro Elementos”, de Stephen Arroyo. Recomiendo la lectura de este libro a quienes sientan el deseo de iniciarse en el conocimiento de la Astrología. 


Los cuatro elementos son particularmente útiles para entender la naturaleza esencial de la característica psicológica de cada individuo. A fin de enfocar este tópico, limitémonos aquí a considerar el elemento del signo del Sol solamente, pues éste es habitualmente el dominante al tratar la psicología total de la persona, y ello de tal manera porque revela la armonización de nuestra vitalidad y nuestro poder de auto-protección básicos, lo mismo que el reino de la experiencia que la persona vive cada día y la calidad fundamental de su consciencia. (Sin embargo, en un mapa particular puede considerarse más de un elemento como potencialmente activo).

El elemento del signo del Sol, muestra muchas cosas: revela dónde está arraigada nuestra conciencia, con qué reino de la experiencia estamos armonizados, y de qué campo de actividad y ser deriva nuestro poder. El elemento del signo del Sol muestra también qué es “real” para el individuo, pues la suposición inconsciente de lo que es particularmente real y lo que no lo es, es la que determina cómo la persona concentrará su energía.

Como ejemplo, los signos de aire viven en el reino abstracto del pensamiento, y para ellos un pensamiento es tan real (en realidad, más real, como lo evidencia su conducta) como cualquier objeto material. Los signos de agua viven en sus sentimientos, y es su estado emocional el que determina su conducta más que todo lo demás. Los signos de fuego viven en un estado de actividad muy excitada e inspirada; y mantener  ese estado del ser es crucial para que los signos de fuego estén sanos y felices. Los signos de tierra se afirman en el mundo material. El mundo material y sus consideraciones de sobrevivencia y producción se consideran mucho más reales que cualquier otro aspecto de la vida.

Otro modo de expresar esta misma diferenciación es decir que el elemento de nuestro signo del Sol revela la fuerza interior básica que motiva todo lo que hacemos.

Los signos de aire son motivados por sus conceptos intelectuales, los signos de agua por sus anhelos emocionales más profundos, los signos de fuego por sus inspiraciones y aspiraciones, y los signos de tierra por sus necesidades materiales. Si los psicólogos, psiquiatras y consejeros de varias clases tan sólo aprendieran esta clasificación básica de tipos de personalidades, darían un gran paso hacia adelante en sus esfuerzos por desentrañar las interminables fuerzas complejas en funcionamiento en la motivación y la conducta humanas.

El elemento del signo del Sol nos da también una intuición de cómo todo el individuo ve la vida (o sea la calidad de su percepción total) y qué expectativas tiene de la experiencia de la vida.

En su Enciclopedia de Astrología Psicológica, C.E.O. Carter expresó concisamente la tendencia psicológica de cada elemento en palabras que son dignas de repetir aquí.

Respecto de los signos de fuego, dice que el yo se siente como “una proyección del Principio de la Vida dentro de la Naturaleza y que actúa sobre ella” y que estos signos procuran “experiencias de índole positiva en el campo de la acción”.

Respecto de los signos de agua, el yo, proyectado dentro de la naturaleza, se concibe como “probable de sufrir y necesitar protección”. Señala que los signos de agua ayudan a preservar la vida “entrando en los sentimientos de los demás” y que esta aptitud para armonizarse con los sentimientos de los demás puede ser un “guardián útil” o un “enemigo artero”.

Respecto de los signos de tierra, Carter sostiene que ven la naturaleza como “un campo para la manifestación de la vida” y, a través de su armonización instintiva con el mundo material, pueden ayudar a sostener la vida a través de la utilización y el dominio de los procesos materiales.

Respecto de los signos de aire, la naturaleza se percibe como “algo que ha de entenderse, lo mismo que utilizarse, siendo la comprensión la condición para la utilización completa y correcta”.  El principio mental aéreo se usa, por tanto, para mejorar la vida, dándole a uno una perspectiva sobre los procesos naturales espontáneos. 

Cuando la armonización sólo se enfoca en el nivel de la energía, nos encontramos con algunas intuiciones más bien sobrecogedoras de la naturaleza del elemento del signo del Sol. Existe la necesidad de que cada uno de nosotros tenga que “alimentar” su campo de energía. Si descuidamos recargar nuestra energía básica del signo del Sol (lo mismo que las energías indicadas por la ubicación elemental de los otros planetas y ascendente), nos encontramos agotados, irritables y más vulnerables a los trastornos físicos y psicológicos. Podemos realizar esta alimentación en una cantidad de modos: a través de una relación intensa (de la que nos ocuparemos después), a través de una armonización consciente con las energías requeridas, o a través de tipos específicos de actividades y compromisos de la vida cotidiana. El elemento del signo del Sol representa el requisito más importante para una recarga, puesto que es la energía primordial la que constantemente agotamos. Se pueden generar graves consecuencias al permitir desvitalizarnos de nuestro necesario elemento combustible.

Todos hemos oído hablar de una persona que está “fuera de su elemento”, en otras palabras, alguien que se ocupa de un reino de actividad que es ajeno a su verdadera naturaleza, por ejemplo, una persona de aire que trata de negar sus necesidades intelectuales y se gana la vida como obrero es probable que esté fuera de su elemento. Si esta persona no compensara comprometiéndose en actividades sociales o intelectuales cuando tiene tiempo libre, gradualmente se agotará porque su elemento aire no se recargaría. En otras palabras, el elemento del signo del Sol es el combustible que necesitamos para sentirnos vivos. Es la fuente de nuestra vitalidad básica y la energía que nos permite revitalizarnos a fin de imponernos a las tensiones y exigencias de la vida diaria.  Aunque teóricamente uno pudiera compensar por gastar la mayor parte del tiempo en un tipo de trabajo que estuviera “fuera de su elemento”, todo individuo debe hallar un tipo de trabajo que sea verdaderamente de su elemento si esa vocación se va a cumplir durante un largo período de años.

De modo genérico, podemos recargar nuestras baterías comprometiéndonos en actividades que nos suministren el combustible necesario. Por ello, los signos de agua necesitan trato con otras personas de agua o intenso compromiso emocional con cuanto están haciendo. Estas personas no pueden apartarse de su experiencia, ésta es tan importante que escogen actividades y trabajo que les permitan expresarse emocionalmente con plenitud. Los signos de fuego requieren compromiso con otras personas de fuego, con metas y aspiraciones de promoción e inspiración, o con un tipo de trabajo que sea físicamente exigente y activo.  Los signos de tierra necesitan asumir deberes y obligaciones materiales, pues los desafíos para imponerse al mundo estimulan a la larga sus mejores energías y alimentan su necesidad de expresarse a través de la realización práctica. También pueden recargarse tratando íntimamente a otros tipos de personas de tierra. Los signos de aire sienten la necesidad de una relación regular con otras personas de mentalidad afin, de compromisos sociales que les permitan canalizar la expresión de sus ideas, o un tipo de trabajo que les dé libertad y estímulo intelectuales.

Uno puede también armonizarse conscientemente con la energía necesaria cultivando íntimo contacto físico con ese elemento; pues, de un modo real, los signos de tierra toman energía de la tierra, los de aire tomar su energía del aire, los de agua del fluir de los sentimientos y del contacto con el agua misma, y los de fuego lo hacen del sol y de la actividad física. Quienquiera que ponga en duda la verdad de esta declaración no experimentó evidentemente su realidad en su propia vida. Clarividentes de percepción especialmente refinada me dijeron que podían ver la raigambre en la tierra de Tauro, la terrenalidad como de roca de Capricornio, un suave fluir de sensitividad sentimental como cascada en Cancer, el repentino cambio de polaridad semejante a tormentas eléctricas en Acuario, y así sucesivamente. Por tanto, uno puede aprovechar el contacto con el propio elemento del signo del Sol con el fin de rejuvenecer y recuperarse del impacto desvitalizador de las exigencias de la vida.

A fin de hacer esto, los signos de tierra necesitan naturalmente poner los pies en el barro una vez cada tanto, estar cerca de la naturaleza y sintonizarse con el poder de crecimiento de árboles y plantas. Para dar un ejemplo de esto, conocí una vez a una persona con Sol y Ascendente Tauro que nada sabía de astrología pero que había descubierto que obtenía la mayor paz y tranquilidad yendo cerca del río a jugar en el barro durante horas. 

Los signos de aire necesitan aire limpio, sutil y muy eléctrico para recuperarse, una cualidad de la atmósfera que nunca se encuentra en nuestras ciudades o llanuras húmedas o valles agrícolas. Este tipo de aire está disponible particularmente en las montañas, donde no sólo es limpio sino también más bien seco y refrescante. Un amigo médico con Sol en Acuario, me dice que cree que la mejor altitud para los signos de aire es por lo menos de una milla y media sobre el nivel del mar y él mismo vive en tal altitud por esa razón.

Los signos de agua sienten habitualmente que vivir demasiado lejos de un río, lago u océano es como vivir en un desierto yermo. Están a sus anchas psíquica y emocionalmente cuando tienen la oportunidad de sumergirse regularmente en agua que corre, o al menos estar en presencia de agua. Algunos lectores tal vez recuerden que Edgar Cayce, el gran clarividente norteamericano, descubrió que sus facultades psíquicas funcionaban más eficazmente cuando vivía cerca del agua, hecho que le indujo a mudarse cerca del océano a Virginia Beach. El Sol de Cayce estaba en Piscis, y sus lecturas psíquicas rebosaban referencias a los efectos beneficiosos de estar cerca del agua para el trabajo psíquico o metafísico.

Los signos de fuego necesitan estar al aire libre, bajo el sol, impregnándose del fuego radiante del sol. Necesitan también permanecer físicamente activos a fin de conectarse con su energía ardiente. Un signo de fuego que tenga que permanecer enjaulado durante mucho tiempo o que no tenga la oportunidad de movimiento físico vigoroso empieza pronto a sentir como si muriera. Esta es la razón de que una enfermedad debilitante o un accidente tenga tan a menudo graves consecuencias psicológicas para los signos de fuego. Muchos lectores han notado probablemente que todos los signos de fuego parecen tener su energía máxima cuando el sol está en lo alto, mientrs que no saben qué hacer de sí tras el ocaso. Esta energía del fuego puede también almacenarse durante los meses estivales, para usarla después, durante el tiempo más frío. Recuerdo a una mujer con el Sol en Leo que me contó que nunca se enfermaba en invierno si el verano anterior había estado al sol mucho tiempo. Sin embargo, durante un verano tuvo que quedarse dentro virtualmente todo el tiempo debido a su trabajo y en el invierno siguiente estuvo enferma constantemente.

El psicólogo Ralph Metzner es uno de los pocos en su especialidad que estudió los elementos en su relación con los tipos de personalidades. Estando en la Universidad de Stanford, Metzner ideó pequeñas sesiones en las que se reunían personas de varias combinaciones de elementos. Tras algunas pruebas con estos experimentos y luego de estudiar las correlaciones astrológicas con los elementos en alguna profundidad, Metzner concluyó que los cuatro elementos simbolizan tipos de personas que “metabolizan la experiencia en diferentes proporciones” y de distintos modos. Estos diferentes enfoques de experiencia inducen a estos cuatro tipos de personas a que en sus vidas traten los conflictos y obstáculos de modos diferentes. Los signos de aire tienden a elevarse sobre el conflicto y a flotar alrededor de él. Aunque después se ofendan con la persona que les puso el problema en el camno, raras veces dejan luego de encararlo airosamente. Los signos de agua también detestan toda forma de conflicto (con excepción de algunos Escorpios). Tienden a fluir alrededor del conflicto, debajo o sobre él, o –si falla todo lo demás- a desgastar lentamente a la persona o cosa que está en su camino. Sin embargo, Escorpio busca a menudo desafíos y problemas, comprendiendo subliminalmente que tales desafíos ponen de manifiesto su fuerza y recursos más grandes. Empero, Escorpio mantendrá la mayor parte del tiempo un silencio total, sin querer causar un conflicto innecesario. Los signos de tierra, más bien sólidos por naturaleza, tienden a desdeñar el conflicto, prefiriendo absorber el más fuerte embate del problema. Sin embargo, si los ponen contra la pared, son capaces de golpear duramente al obstáculo con todas sus fuerzas. Esto es particularmente cierto de Tauro, la tierra fija, que nunca buscará conflictos pero que es capaz de una potencia y una ira sorprendentes si lo acosan demasiado. Los signos de fuego tienden a superar los obstáculos, a incendiarlos o amedrentarlos mediante despliegue de fuerza. Raras veces evidencian una conducta que pudiera denominarse discreta.

Los elementos constituyen un medio para entender cómo diferentes personas enfocan la solución de un problema. Los signos de fuego responden a las situaciones con intensidad, deseando una acción directa en la solución de los problemas y tendiendo más al impulso que a la deliberación. Los tipos de tierra son motivados por el deseo de resultados prácticos y útiles. Habitualmente, tienen un sano sentido común, ya sea que lo empleen o no. Las personas del signo de aire gustan razonar las cosas y, por lo general, piensan antes de actuar. Los signos de agua son impresionables, sensibles e intuitivos. Se inclinan a aguardar las circunstancias en procura de guía en la solución de los problemas.

Como vimos, comprender los elementos podrá contribuir de muchos modos a autoconocernos, mostrándonos cómo podremos vivir mejor con nosotros mismos, satisfacer nuestras necesidades y revitalizar nuestro campo de energía. Paracelso, el médico y astrólogo medieval, a quien Jung consideró un precursor de los psicólogos modernos, atribuía un específico espíritu de la naturaleza a cada uno de los elementos. Estos espíritus, o sus variaciones, se encuentran en todas las mitologías del mundo y simbolizan gráficamente cómo operan los elementos. No es este sitio para detenernos sobre la cuestión de cuán “reales” son esos espíritus, pero hacer aquí una breve referencia a los escritos de Paracelso derrama luz sobre cómo podemos trabajar con estas fuerzas.

A las ondinas se las consideraba los espíritus del agua, y Paracelso expresaba que se las debía controlar con firmeza. De allí que podamos aprender que las personas de agua necesitan ser firmes consigo mismas y, asimismo, que esa firmeza es con frecuencia el mejor modo de tratar a este tipo de persona, especialmente cuando sus emociones están fuera de control.

Se decía que los espíritus de aire eran los elfos y que se los podía controlar mediante constancia. Está claro que un enfoque definido y coherente de la vida es algo que los signos de aire bien podrían cultivar. Para los signos de aire es difícil concretar un compromiso con una resolución determinada, pero es un paso importante en su evolución.

Los espíritus de fuego son las salamandras y se las puede controlar principalmente mediante la placidez. En otras palabras, los signos de fuego pueden domeñar los usos extremos de su energía cultivando conscientemente un estado tranquilo y plácido de contento. Si los signos de fuego pueden aprender este arte de aceptar con calma la vida aquí y ahora, evitarían muchas tensiones y derroche de energía.

Los espíritus de la tierra son los gnomos, a los que se los ha de cotrolar mediante jovial generosidad. Evidentemente, la jovial generosidad no es una cualidad que se encuentre por lo común en los signos de tierra, y es por ello que todos pueden beneficiarse algo aprendiéndolo. Y yo podría añadir, la fuerza y la radiación máximas de los signos de tierra resplandece cuando asimilaron esta cualidad en su naturaleza.


sábado, 14 de diciembre de 2013

Saturno, su naturaleza

Texto perteneciente al libro "Astrología, karma y transformación", de Stephen Arroyo.

Hasta años recientes, al planeta Saturno se lo mencionaba habitualmente, en la mayoría de los libros sobre astrología, como una influencia “maléfica”, una dimensión de la experiencia que la mayoría más bien no afronta sino que meramente tuvo que soportar sin finalidad positiva alguna. Sin embargo, una tendencia constructiva en el desarrollo de la astrología moderna es que muchos autores de hace diez o veinte años se han referido a los significados de Saturno más positivos y promovedores del crecimiento. Puesto que este enfoque más positivo se está difundiendo corrientemente de modo más vasto, no creo que sea necesario presentar todos los razonamientos que podrían utilizarse para convencer al lector de que Saturno tiene realmente muchos significados positivos. Sin embargo, creo que la función real de Saturno, especialmente cuando transita por las diversas casas de un mapa y aspecta a los diversos planetas natales, podrá esclarecerse más. Esta aclaración es especialmente necesaria al esbozar el impacto de Saturno sobre la transformación psicológica y espiritual. Expresemos primero, brevemente, algunos de los más importantes significados genéricos de Saturno.

Saturno puede contemplarse como:
  • El principio de autopreservación y contracción, que puede manifestarse puramente como actitudes defensivas y temerosas o como impulso consciente hacia el logro de nuestras ambiciones en el mundo y cumplimiento de nuestros deberes y responsabilidades. Puede indicar, pues, una contracción personal del ser interior en pos de una mayor confianza personal y fuerza interior.
  • El principio de la forma, la estructura y la estabilidad; por ende, se relaciona con la ley, las tradiciones culturales y sociales, el padre y todas las figuras de autoridad.
  • El principio del tiempo y del aprendizaje mediante experiencia inmediata que sólo llega de reiteradas lecciones de la vida. Por ende, este principio lleva a muchos a las cualidades saturninas comúnmente mencionadas: seriedad, cautela, sabiduría mundana, paciencia, economía práctica y actitud conservadora. Saturno se correlaciona con el dios griego del Tiempo (Kronos), que distribuye estricta justicia, imparcial e impersonalmente, pero también con muy poca misericordia. Saturno se relaciona también con la cristalización, o sea, con las viejas pautas de vida y personalidad que se vuelven más rígidas con el tiempo. La instrucción que tiene lugar con el paso del tiempo puede hacer que los saturninos se cierren a la vida y, por ende, sean auto-opresivos, escépticos, suspicaces respecto de todo lo nuevo, y vacilantes en cuanto a revelar sus verdaderos sentimientos. Pero el mismo género de experiencia puede inducir a otras personas a desarrollar una sensibilidad respecto a los valores duraderos, un aprecio y una capacidad para la moderación, el orden y la eficiencia, y en algunos casos una sabiduría desapegada y pacífica.
  • Impulso para defender nuestra estructura de vida y nuestra integridad personal, e impulso hacia la confianza y la seguridad a través de un logro tangible.
  • Según Dane Rudhyar, Saturno se refiere a la “naturaleza fundamental” de una persona, a la pureza de nuestro yo verdadero. Parece que Saturno llegó a tener semejantes significados negativos en las mentes de muchos astrólogos y estudiantes de astrología porque la mayoría no vive en términos de su naturaleza fundamental, sino más bien en términos de modas, pautas y tradiciones sociales, y juegos del ego. De allí que Saturno se experimente a menudo como un “duro reproche” o un acto desafiante del “destino” a fin de que empecemos a prestar atención a las necesidades de nuestra naturaleza fundamental interior. Saturno es realmente un rudo capataz, como dicen muchos libros antiguos, pero es particularmente rudo cuando nos desviamos de manifestar nuestra naturaleza verdadera.
  • Psicológicamente, Saturno representa una dimensión del complejo del ego que, con la edad, puede volverse rígido y habitualmente lo hace: en otras palabras, el grupo profundamente encajado de pautas de conducta y actitudes que pueden atar a una persona con nudos de temor. Saturno se correlaciona también, psicológicamente, con lo que Jung llama la Sombra, o sea, las partes de nosotros que bloqueamos, tememos, o acerca de las cuales nos sentimos culpables; y de allí que proyectemos esas cualidades a los demás. Se ha dicho que Saturno simboliza el talón de Aquiles en la armadura que usamos ante el mundo, el instinto de retirarnos de la vida. Pero, como lo señala Rudhyar, también significa la profundamente arraigada ambición de concretar las posibilidades al nacimiento. Esta ambición se siente como una presión interna de llegar a ser o lograr algo definido según nuestra pauta interior de posibilidades.

De todos los significados generales de Saturno, probablemente el más importante es que Saturno representa la experiencia y la instrucción concentradas que sólo llegan a través de la vida en el cuerpo físico, en el plano material. Mediante la resistencia de la materia y mediante la presión del ser encarnado en el cuerpo físico, tenemos la oportunidad de desarrollar un mayor nivel de entendimiento concentrado y mayor paciencia en nuestra actitud hacia la vida misma. 

Dícese a menudo que Saturno “gobierna” el plano material denso. Cuando encarnamos en el mundo físico, el campo energético se contrae y, de esta manera, se concentra. Esta es la razón de que una vida terrena sea semejante buena experiencia de aprendizaje, pues aquí aprendemos mediante profundidad de experiencia, trabajo concentrado y visión de los resultados inmediatos de nuestras acciones. El dolor, la tensión y la presión de la vida terrena tienen, por lo tanto, una finalidad de evolución y cambio. El plano material, como escribe el poeta T.S. Elliot, es el punto de intersección de lo intemporal con el tiempo. Saturno es el planeta del tiempo; y, mediante la experiencia saturnina de vivir en el mundo material, donde todo se mueve tan lentamente y dnde tenemos que trabajar tan arduamente para hacer que ocurra algo o crecer de algún modo, podemos realizar el máximo avance espiritual. A menudo parece que marchamos demasiado lentamente, y nuestra paciencia es puesta a prueba en cada punto del camino, pero la perseverancia a través de la resistencia inerte de la materia nos muestra claramente lo que es duradero y lo que no lo es, dónde satisfacemos las pruebas y dónde fracasamos. 

La acción de Saturno nos muestra claramente el costo de nuestros deseos y apegos; revela absolutamente las limitaciones de nuesto ego; y nos muestra que una consciencia muy concentrada y una comprensión profunda son lo principal que sacamos de este mundo cuando lo abandonamos.  Nos muestra el valor del trabajo, pues todas las creencias y todos los ideales maravillosos que los seres humanos pensaron son de poco valor si no se aplican a la vida cotidiana mediante esfuerzo. Por tanto, la presión de Saturno debe considerarse como un útil impulso para que realicemos el trabajo que necesitamos realizar a fin de desarrollarnos en un nivel profundo, en vez de como algo a lo cual hay que temer y de lo que hay que tratar de huir.

El calor y la presión de Saturno son necesarios a fin de que podamos desarrollar lo que los budistas llaman el “alma de diamante” o el “cuerpo de diamante”, que es un modo de decir nuestra naturaleza fundamental, recóndita. Sin embargo, Saturno solo, sin amor y ligereza, es rigidez y muerte. 

Cuando fijaciones y bloqueos mentales y emocionales son el resultado de la expresión extrema del principio de Saturno, la negatividad en ascenso excluye la esencia del verdadero Amor y la energía de la vida, y el alma padece hambre y se marchita, pues entonces carece del agua misma de vida. Por ello, complementando a Saturno está Júpiter (y en algunos casos Neptuno). Pues no sólo necesitamos esfuerzo (Saturno) sino también gracia (Júpiter/Neptuno), no sólo experiencia inmediata y confianza en hechos probados (Saturno) sino también fe (Júpiter/Neptuno). El esfuerzo y la gracia funcionan simultáneamente; son dos caras de la misma moneda. Mediante esfuerzo abrimos un canal a través del cual corra la gracia. Sin realizar ese esfuerzo, la gracia no entra fácilmente en nuestra vida. Sin embargo, debe señalarse que un individuo raras veces realiza esfuerzo alguno en el campo del crecimiento espiritual a menos que la gracia le impulse a hacerlo. Por ello, hay poca gracia sin esfuerzo; pero tampoco hay esfuerzo sin gracia. De modo que vemos que tanto Júpiter y Saturno como Neptuno y Saturno simbolizan pares complementarios que deben relacionarse entre sí en todo trabajo con mapas natales.

No hay que enfatizar de más a Saturno pues de muchos modos la acción de los trans-saturninos es mucho más potente y profundamente transformadora que Saturno. Saturno nos muestra la naturaleza verdadera del plano material, la influencia de la necesidad en nuestras vidas, cómo son realmente las cosas desde el punto de vista práctico y objetivo. Pero los trans-saturninos nos muestran qué es posible en los planos del ser y en los niveles de la consciencia que trascienden totamente al mundo material. Saturno nos lleva a experimentar la limitación que es característica inherente del mundo material. Por ende, cada vez que Saturno es activado en el mapa natal, tenemos que ocuparnos del hecho de la limitación en alguna dimensión de nuestra vida. En otras palabras, aprendemos que, en este plano, no podremos tenerlo todo, ni podremos ser todo lo que podríamos haber imaginado. Los trans-saturninos, por otro lado, nos señalan planos del ser y dimensiones de la experiencia que se caracterizan porque son ilimitados. Son vastos; mantienen firme la promesa de crecimiento ilimitado.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Alinear la Personalidad con el Alma


Linda Brady es una astróloga kármica de prestigio internacional desde hace más de veinticinco años, fundadora del International Center for Creative Choices, centro educativo holístico ubicado en Baltimore (Maryland). En su libro “La misión de tu alma”, de Ediciones Urano, brinda su testimonio acerca de su camino de desarrollo personal.


Cada uno de nosotros tiene un personalidad con una determinada ruta de viaje y un destino que alcanzar dentro del plazo de vida que nos toque vivir. Ese viaje estará lleno de relaciones, trabajo, retos y obstáculos, pruebas y triunfos. Cada uno de nosotros tiene también un alma con su propio destino y una ruta que seguir, un camino que comenzó en el pasado remoto y continurá para siempre. Sin embargo, el alma tiene un plan, un propósito para nuestra personalidad en esta vida. Su intención es ayudar a la personalidad en su viaje vital, para que alcance el destino que le tiene reservado.

Muy a menudo estas rutas son divergentes. Las experiencias de nuestra vida –con la familia, las relaciones y a veces nuestro trabajo - suelen influir en la dirección de la personalidad, y en ocasiones hacen que esta se pierda o simplemente se desvíe por completo del camino que nuestra alma le tiene reservado. Lo cierto es que cada uno de nosotros está acuciado por conflictos internos que son el producto de una colisión entre el alma y la personalidad, un fenómeno que puede manifestarse como pena, depresión, ira, una atormentadora insatisfacción o un profundo vacío. El desafío, como adultos espirituales en ciernes, es encontrar la ruta del alma en la que nuestra personalidad puede prosperar. Yo llamo a este proceso “integración del alma y la personalidad”, y he dedicado mi vida entera a comprenderlo.

El camino de mi personalidad, por ejemplo, es ser una solitaria, una reclusa, una ermitaña que sólo se atreve a salir para enseñar astrología. Mi personalidad estaría muy contenta si fuera una astróloga ambulante: una sesión rápida aquí y otra allá, sin relaciones duraderas, eso estaría bien para mí. Pero el camino de mi alma es totalmente diferente. Su misión es establecer relaciones a largo plazo y comprometerse con ellas, e inspirar a mis alumnos para que sepan hacer frente a su vida espiritual y emocional. Para mi alma no hay nada parecido a estar recluída o sola.

Mi evolución hacia la madurez espiritual comenzó cuando empecé a aprender astrología. Me había formado en psicología experimental y modificación del comportamiento. Tengo una licenciatura en psicología y un master en administración de centros educativos. Creía en lo que podía medirse, analizarse y registrarse. También creía en Cristo, la Iglesia episcopal y en sus misterios de una manera infantil e ingenua. No hacía preguntas; tenía fe. Pero la vida tiene sus modos de entrometerse en la fe, y mi fe no soportó la prueba.

Comencé a estudiar astrología con la seria intención de refutarla; en cambio, descubrí que me daba respuestas. Y lo que es más importante, me daba preguntas. La idea de que los astros manejaban la energía para crear la carta perfecta para mí siempre me había hecho sentir incómoda, pues eso significaba que yo no controlaba mi vida y que podía echarle a los astros la culpa de mis problemas, incluída la lucha con mi peso. Sin embargo, a medida que aumentaba mi comprensión de la astrología, la respuesta se me hizo totalmente clara: mi alma era quien había creado mi carta natal. Ella conocía los significados simbólicos de todos los signos del zodíaco y los planetas, y de las relaciones entre ellos. Había creado un mandala astral que me proporcionaría las herramientas necesarias para experimentar mi vida.

Mi alma conocía mi pasado; había estado ahí. Sabía lo que esta vida tenía que ser como continuación de lo que habían dejado otras vidas. En otras palabras, mi alma comprendía mi karma. Aunque esta palabra ha sido calumniada, ridiculizada y malinterpretada, tiene para mí un significado bastante sencillo. Significa que, si realizo una acción, provoco una reacción. Todos hemos oído ya esto mismo formulado en axiomas como: “Se cosecha lo que se siembra”. Es una ley de la energía, universal y física.

El karma sólo es completo cuando hemos equilibrado nuestras acciones previas a través de la conciencia, el compromiso y nuevas acciones. Nuestra alma conoce estas situaciones y relaciones y creará las oportunidades que necesitamos para resolverlas. Nuestra carta astral, creada por nuestra alma, nos proporciona información acerca de estas experiencias kármicas como recordatorio espiritual, un mapa de carreteras que nos guiará hacia la comprensión.

A pesar de todas estas concepciones filosóficas, recuerdo los conflictos que tuve cuando comencé a considerar la posibilidad real de que las experiencias de mi vida fueran perfectas y tuvieran como último objetivo mi propio bien. Mi personalidad y mi ego despotricaron días enteros en una letanía de: “¿Y qué pasa con esto?”, “¿Y qué pasa con aquello?”. Pensaba en docenas de dificultades y tragedias, en el sufrimiento y la injusticia predominantes en este mundo. ¿Por qué un Dios amoroso y un alma compasiva nos hacen pasar por tales traumas? La respuesta se hace más evidente cuando vemos nuestra vida como parte de un todo más grande.

A veces, a fin de crear un equilibrio kármico y rectificar una injusticia en una vida pasada, “creamos” una experiencia dolorosa. Sin la comprensión kármica, las tragedias de la vida –el dolor, la enfermedad, los accidentes, la violencia, las pérdidas y la traición – parecen arbitrarias; pero con esa comprensión, la vida es justa. Siempre. No podemos “maquillar” una experiencia angustiosa para que parezca mejor, pero si somos concientes de que nos traerá una comprensión más profunda, un mejor sentido del para qué, no parecerá tan arbitraria.

Mi alma estaba en el proceso de enseñarme algo que mi ego no quería comprender. Había pasado cuarenta años creyendo que yo era básicamente imperfecta –una creencia fomentada por mi familia y por la sociedad en general – y que la única manera de cambiar era aspirar a la perfección. Nunca se me ocurrió pensar que la perfección podía existir en cualquier momento. Había pasado dieciocho años en escuelas que me habían medido según un estricto criterio. Conocía el éxtasis de un diez y la agonía de un cero en química en el instituto de enseñanza media. Mis creencias de pronto entraron en un serio conflicto. ¿Cómo me motivaría para destacar con la convicción de que era imperfecta?

Como estaba harta de tener siempre el mismo conflicto, decidí revisar lo que esa aspiración a la perfección había provocado realmente en mi vida. Lo que aprendí me trastornó: aspirar a la perfección me había enseñado a postergar las cosas y me había llenado de sentimientos de inutilidad, fracaso y miedo. Me había puesto en una especie de rueda sin fin: siempre buscando sin encontrar nunca nada. Me había enseñado a valorar el producto final sin prestar atención al proceso. Tomé una decisión para que esa vieja creencia muriera. Los objetivos de la perfección no son tan perfectos! Transformé esta antigua convicción en el compromiso de ser lo mejor que pudiera ser, valorando el proceso de la vida y confiando a mi alma la tarea de crear mi vida perfectamente.

¿Cuál es la perfección que mi alma quiere que yo vea en sus muchas creaciones? ¿Cómo me serviría esa experiencia? Cuando tenía treinta y un años, decidí retomar los estudios y hacer un doctorado en psicología. Me aceptaron en una buena universidad y conseguí un importante puesto nocturno en un hospital local. Estaba dispuesta a progresar en mi carrera. Sin embargo, dos meses antes de comenzar mi doctorado, tuve un grave accidente automovilístico, un choque frontal que me dejó una lesión en la espalda y problemas de visión, y no pude comenzar los estudios en otoño.

En esa misma época, murió la persona que había sido un padre para mí, me separé de mi segundo marido y caí en una profunda depresión; no fueron tres meses “perfectos”. Lo cierto es que fue un período decisivo, el más crucial e importante de mi vida. Tras recuperarme de mis heridas psíquicas y físicas, mi alma me devolvió a una institución para disminuídos físicos en la que había trabajado varios años antes. Me convertí en especialista en diagnósticos y más tarde en subdirectora. Allí vi por primera vez el aura de una persona. Allí comencé mi proceso de comprensión de la reencarnación y también conocí al que sería mi tercer marido y compañero del alma. Y también me convertí en astróloga. Mi alma creó ese accidente automovilístico para cambiar la dirección de mi vida y me puso en camino hacia la misión de mi alma.

Piensa en tu propia vida… trata de recordar una experiencia particularmente dolorosa. Siente las emociones que ese recuerdo evoca. Ahora hazte las siguientes preguntas: ¿Para qué traje esta experiencia a mi vida? ¿Qué oportunidad de crecimiento y conciencia me brindó? ¿Qué me enseñó acerca de mí o de otras personas? ¿Cómo hizo que mi vida fuera mejor?

Hazte estas preguntas, observa cómo cambia tu perspectiva y piensa en algunas de las nuevas comprensiones que puedas haber desarrollado.

martes, 19 de noviembre de 2013

La Carta Natal: Angulos y Hemisferios

Capítulo 11 del libro "Dinámica y Análisis de los Aspectos", de Bil Tierney.

La carta natal se divide en cuatro regiones principales del es­pacio llamadas Hemisferios. Cada Hemisferio está formado por seis Casas; y en teoría, posee uno de los cuatro ángulos del horóscopo en su punto medio. Los ángulos en astrología representan cuatro expresiones primarias de identidad, que los individuos adoptan en su desafío ante la vida. Cada ángu­lo puede ser descrito de la siguiente manera:

El ASCENDENTE es el ángulo que representa nuestro sen­tido consciente e inmediato de la identidad personal o autoi­magen. El ASC indica el proceso por el cual nos vemos a no­sotros mismos salir al mundo externo y afirmar nuestro ser. Describe la naturaleza de nuestra continua expresión y res­puesta externa. El ASC señala nuestras características más personalizadas de autoexpresión que nos describen única­mente como entidades separadas, distintas e independientes de todas los demás. Establecemos con facilidad una asocia­ción espontánea con esos rasgos y podemos aplicarlas con confianza a la búsqueda directa de nuestras necesidades bá­sicas. En pocas palabras, el ASC describe nuestra voluntad de acción, según el patrón de comportamiento del signo en este ángulo.

En contraste, el DESCENDENTE se convierte en nuestro ángulo de identidad reflejada o en la imagen del otro. Puede describir partes latentes de nuestra propia naturaleza, a las que no nos relacionamos de forma tan personal o directa, al menos en un principio. Estas cualidades son normalmente proyectadas sobre las personas a quienes atraemos, las que a su vez, esas facetas revierten sobre nosotros, en el proceso de la relación. Y usualmente, la imagen que nos remiten, sirve para estimular una mayor objetividad y amplitud de perspec­tiva en cuanto a la naturaleza intrínseca de esos rasgos, ade­más del papel que desempeñan en hacernos sentir más com­pletos por dentro. Por lo tanto, son proyectadas nuevamente hacia nuestra dirección, a través de las actitudes abiertas y del comportamiento de aquéllos con quienes interactuamos.

El MEDIO CIELO es el ángulo que simboliza nuestra iden­tidad social o imagen pública. A diferencia del ASC, el MC señala una identidad individual más impersonal. Esta ima­gen no suele elegirla la persona, sino que aprende a estructu­rarla según las presiones y exigencias de la sociedad en que vive. A medida que se convierte en una identidad consciente, el individuo podrá determinar allí dónde se sitúa y funciona mejor dentro del esquema social de las cosas. Para bien o para mal, el individuo será puesto a prueba y juzgado por el mundo según la naturaleza de esta imagen pública. A través de la adopción de esta identidad, establecerá un grado de control sobre su propia existencia. El MC sugiere rasgos de nuestra naturaleza que nos impulsan a manifestar nuestro potencial más elevado con un propósito, dando a menudo por resultado el cumplimiento último o el logro de los objeti­vos de nuestra vida.

El FONDO DEL CIELO recibe también el nombre de ángu­lo de «media noche». Simboliza nuestra identidad heredada o imagen subjetiva. Aquí se determinará instintivamente nues­tro ser interno en sus raíces más fundamentales y orientadas hacia la seguridad. Este ángulo describe nuestra base interna de operaciones. Refleja el papel subconsciente que adopta­mos continuamente para asegurarnos bases internas más profundas. El FC señala nuestra manera más natural de anclarnos interiormente antes de ramificarnos y experimentar nuestro ser externamente. Nuestra identidad subjetiva tam­bién responde fuertemente a las influencias externas que lo rodean y puede estar condicionada subliminalmente  para ab­sorber y retener impresiones de nuestro medio ambiente temprano (usualmente a través de la estructura familiar). Por lo tanto, esta identidad es parcialmente heredada. De todas las identidades mostradas por los cuatro ángulos, el FC es el que más conecta con el pasado. Es una imagen subcons­ciente de nosotros mismos que probablemente fue desarro­llada en ciclos previos de experiencia antes del nacimiento (implicando condiciones genéticas o de vidas pasadas).

El ASC se corresponde con el Hemisferio Oriental mientras que el DESC se relaciona con el Hemisferio Occidental. Ambos Hemisferios están divididos por el Meridiano. El FC se relaciona con el Hemisferio Norte, mientras que el MC se corresponde con el Hemisferio Sur. Ambos Hemisferios están divididos por el horizonte. Al interpretar, es importan­te considerar cuál Hemisferio está más enfatizado en la carta natal, porque éste factor señala la orientación individidual básica hacia la vida externa. Un Hemisferio enfatizado de­penderá del número de planetas (más que de puntos sensibles) que se encuentren en él. Para que un Hemisferio se considere enfatizado deberá haber en él seis planetas o más. Cuando los dos Hemisferios tienen una cantidad igual de pla­netas (cinco cada uno), hay que ver en cuál de ellos se halla el Sol, la Luna y el regente del ASC. Ésto le dará relevancia, especialmente un Hemisferio contiene los tres. Pero si dos de ellos se hallan en un Hemisferio, y todavía resulta difícil de­terminar cuál tiene un peso mayor, entonces compruebe y vea cuántos planetas caen en Casas angulares dentro de cada Hemisferio respectivo  y están cerca de los ángulos. Quizás los signos y los planetas ofrecerán un refuerzo adicional. Creo que sólo el Sol debe tomar preeminencia sobre la in­fluencia de la Luna y del regente del ASC en este contexto, ya que el Sol también se relaciona con los principales objeti­vos de la vida. Se requerirá la habilidad del astrólogo para que sintetice todos los principios correlacionados.

HEMISFERIO ORIENTAL

Este Hemisferio comienza en la cúspide de la Casa X y, en sentido contrario a las agujas del reloj, termina en la cúspide de la Casa IV. Su punto estructural básico es el ASC. El He­misferio se centra en la expresión de la autoidentidad y en el ejercicio de la voluntad. Cuando la mayoría de los planetas se ubican aquí, el individuo manifiesta mejor su potencial de vida ejerciendo su voluntad e impulso para promover cons­cientemente sus asuntos personales o los intereses que lla­man su atención. Indicará mucha iniciativa y espíritu de em­presa en su acercamiento a la vida (particularmente cuando la mayoría de los planetas de este Hemisferio se encuentran en las tres Casas bajo el horizonte). Este individuo se siente inclinado a provocar sus situaciones de vida, ya que tiende a influir al medio ambiente en vez de ser moldeado y marcado por el mismo. Este Hemisferio indica una entrada kármica; el individuo es relativamente libre para actuar según su pro­pio interés en la obtención de objetivos con menos obstrucciones o interferencias de terceros. Sin embargo, debido a que no solicita la colaboración de los demás, los otros no le ofrecerán la ayuda o la asistencia que podría resultarle bené­fica para las metas que él mismo creó. Preferirá perseguirlas solo  y resistirá cualquier tipo de asociación, ya que en este Hemisferio hay menos intercambio. Y, por lo tanto, el individuo estará casi siempre solo en sus esfuerzos.

Estará condicionado para hacerse cargo de sus asuntos en esta vida, deseará determinar especialmente cómo y cuándo quiere que ciertas condiciones se manifiesten. Se sentirá mo­tivado para actuar según sus propios términos. Cuando deci­de lo que realmente quiere hacer en este mundo, y si desea obtener resultados óptimos, la vida le exigirá que trabaje de manera autónoma, con mucha decisión y concentración, ha­cia el logro de esas metas. A través del desarrollo de la con­fianza en sí mismo alcanzará las ambiciones que satisfagan sus necesidades. Si la mayoría de los planetas de este Hemis­ferio enfatizado se sitúan sobre el horizonte, la localización del individuo se volverá más impersonal y universal. Pondrá mucha atención en los asuntos más importantes de experien­cia mundana y en el trabajo por el progreso social, pero nor­malmente sólo seguirá su propia visión. Si seis o más plane­tas se encuentran aquí (particularmente las luminarias y el regente del ASC), puede existir un desequilibrio. Cuántos más planetas haya, más exageradas se volverán las cualida­des de ese Hemisferio. Bajo esta condición, la persona ten­derá a enfatizar excesivamente su individualidad, al extremo de tener dificultades para integrarse con los demás y sentirse igual, así como para funcionar cómodamente como una enti­dad social. Al estar tan absorbido en sí mismo, no será capaz de percibir objetivamente a las personas con las que entra en contacto. Sólo le interesa en primer término y en especial cu­brir sus necesidades personales. Quiere ser su propio patrón en todas las circunstancias, por lo tanto rechazará aquellas influencias externas que no estén bajo su control, aunque sean constructivas. Positivamente, encontraremos aquí a los individualistas que se han hecho a sí mismos y que han debi­do luchar contra la oposición para dejar su propia huella en el mundo. Pero al estar poco inclinados a cooperar o a com­prometerse, enajenan con facilidad a los demás, crean mu­cha distancia social, y eligen vivir la existencia solitaria de los lobos esteparios.

HEMISFERIO OCCIDENTAL

Este Hemisferio comienza en la cúspide de la Casa IV y, si­guiendo la dirección contraria a las agujas del reloj, termina en la cúspide de la X. Su punto estructural básico es el DESC. Este Hemisferio se localiza en la percepción personal de lo social y en el reconocimiento de la identidad del otro. Su tema básico se refiere a la expresión de la propia imagen reflejada. Cuando la mayoría de los planetas se sitúan en este Hemisferio, el individuo no posee tanta libertad de acción como para determinar la dirección que tomará su vida; a menudo sus asuntos vitales y sus intereses personales dependen más de los otros que de sí mismo. Ésta es la criatura del desti­no, pero no necesariamente su peón. Para esta persona  será más difícil ser reconocida y aceptada por su propia y auténti­ca individualidad, y es más factible que se convierta en una creación de su medio ambiente o en un producto de su tiem­po. Las relaciones serán esenciales para estimular la manifestación natural de su ser. Se desarrollará mejor cuando aprenda a ajustarse adecuadamente a las necesidades de los demás. Las acciones que lleve a cabo deberán ser ventajosas para todas las partes si quiere establecer un equilibrio correc­to. A diferencia de una persona con enfásis en el Hemisferio Oriental, estará más sintonizado con el proceso de compar­tir, y actuará a menudo según los resultados finales proba­bles que sus acciones tengan sobre los otros. Es probable que reciba atenciones de parte de los demás, quienes serán ins­trumentos para ayudarlo a alcanzar sus objetivos. General­mente no se opondrá ni bloqueará la ayuda y la asistencia de los otros. Cuanta más consideración y atención demuestre por los demás, más dispuestos estarán éstos a obrar en su favor y a tenderle una mano.

Éste es el Hemisferio por donde el karma sale, el individuo se sentirá atraído por las experiencias de vida que le exijan relacionarse con la gente. En esta vida, se verá condicionado a acercarse directamente a los demás y a construir alianzas positivas. Deberá aprender también a cooperar efectivamen­te con la vida. Rara vez se beneficia cuando quiere hacer las cosas a su manera a expensas de los demás; en la mayoría de los casos no será capaz de actuar así. Aunque este individuo tendrá aparentemente menos control sobre el desarrollo de las oportunidades que vienen a él (puesto que generalmente no es su promotor), usualmente también se le considera res­ponsable por sus errores, fracasos o fallos, ya que casi siem­pre hay alguien más implicado en el asunto. Si hubiese seis o más planetas en este Hemisferio, la persona mostrará una expresión desequilibrada al volverse demasiado dependiente de los otros a la hora de establecer su identidad social. Deja­rá que los demás controlen y manejen su destino más allá de lo que podría beneficiarlo. Normalmente tendrá una mayor carencia de determinación y confianza en sí mismo que en el caso de un individuo con énfasis en el Hemisferio Oriental. Esto puede provocar que los demás abusen de él o le impon­gan sus puntos de vista con facilidad. Especialmente si la ma­yoría de los planetas caen en las tres Casas que se sitúan por encima del horizonte, ya que marcan una localización social y una actividad interpersonal mayores que las tres Casas in­feriores. Por otra parte, el individuo tendrá propensión a ser­virse de los demás para su propio beneficio, ya que este He­misferio sugiere que la persona es capaz de aplicar estra­tegias en sus relaciones. Tendrá dificultades para relacionar­se consigo mismo a niveles profundos, especialmente para emprender acciones personales. Le resultará trabajoso to­mar sus propias decisiones solo y se apoyará demasiado en los demás para realizar aquello que debería abordar por sí mismo.  

Los Hemisferios Oriental y Occidental son opuestos polares naturales. Cuando nos localizamos intencionadamente en la expresión dinámica de un Hemisferio excluyendo a su pola­ridad, se desarrollan perspectivas conflictivas y a veces dis­torsionadas. Necesitamos resolver este dilema y volver a equilibrar nuestra percepción. ¿De qué forma? Aprendien­do a concentrar nuestra atención en la integración de las fun­ciones positivas del Hemisferio opuesto. Idealmente, debe­ríamos luchar para coordinar ambos sectores de forma cons­tructiva, dado que son complementos naturales uno del otro. Sin embargo pocas personas son maestras en la materia, la mayoría de nosotros tiende a oscilar de un Hemisferio al otro hasta que llegamos a determinar el grado de equilibrio de­seable para nuestro desarrollo. Si un individuo no parece describir las cualidades del Hemisferio enfatizado en su ho­róscopo, compruebe para ver si no está sintonizando con la dinámica del Hemisferio opuesto durante este período. Todas las polaridades (o factores opuestos del horóscopo) sue­len actuar así. Lo mismo puede decirse del siguiente par de Hemisferios:

HEMISFERIO NORTE

Este Hemisferio comienza en la cúspide de la Casa I y, si­guiendo la dirección contraria a las agujas del reloj, finaliza en la cúspide de la Casa VII. Su punto de estructuración bási­co se halla en el FC. Al encontrarse este Hemisferio totalmente  por debajo del horizonte del horóscopo, simbolizará todo aquello que es personalmente subjetivo, reflexivo, y que necesita de un foco interior (al menos al comienzo de la vida). Los planetas ubicados aquí indican impulsos que re­quieren profundidad de experiencia, antes que el individuo pueda utilizarlos abiertamente y con un propósito en el me­dio externo. Tenderá a reprimir y autoabsorber esos impul­sos durante un tiempo antes de intentar dirigirlos hacia asun­tos de índole más social e impersonal. Su aproximación a la vida será introvertida (sin importar que en la superficie pa­rezca que participa activamente en los sucesos del mundo). Crece mejor cuando asimila la experiencia de su vida y la re­laciona con la realidad última de su naturaleza interior. Se ve condicionado a intimar con su identidad subjetiva más que en ningún otro Hemisferio. Deberá volverse consciente del propósito último de su ser (más allá de la autoexpresión su­perficial) y necesitará en principio y especialmente encon­trar un significado personal a su vida. Al sintonizar con aque­llo que es fundamental para su naturaleza, conectará con las cualidades que operan en la raíz de su personalidad.

El individuo se inclina hacia la autorreflexión y la introspec­ción, no le resulta por lo tanto cómodo tratar continuamente asuntos mundanos que exigen una exposición pública directa o un compromiso social abierto. Parecerá incluso refractario para atraer la atención sobre sí mismo, al menos de una ma­nera obvia y demasiado confiada. La motivación impulsora será el logro de la seguridad interior, en vez de la seguridad temporal  que la sociedad puede ofrecer a través de una posición social y un estatu quo elevado. Necesita encontrar su propia ancla subjetiva en la vida antes de establecerse en el mundo. Sin importar en cuánto contribuye a las necesidades mayores del mundo o qué hace por el progreso social, psico­lógicamente no es una persona que dejará sus necesidades personales y viscerales de lado. Estas necesidades deberán ser atendidas y calmadas antes de que pueda avanzar venta­josamente en el potencial de su expresión mundana. El desa­pego no le resulta tarea fácil. De forma constructiva, podrá servirse de sus energías para alimentar a su medio ambiente con solicitud e interés. Si seis o más planetas se encuentran en este Hemisferio, puede existir un desequilibrio que señale que la persona se centra demasiado en internalizar su res­puesta a la vida. Puede elegir retirarse o alejarse de la parti­cipación activa, prefiriendo un retiro seguro. En el caso de que varios de estos planetas presenten aspectos difíciles, ese retiro no será saludable e incluso puede significar una regre­sión. Se enfatizará la necesidad de evitar la confrontación abierta con las realidades inflexibles de la vida externa. Pero desde un punto de vista productivo, tal enfásis puede estimu­lar al individuo a identificarse con los aspectos menos tangi­bles y materiales de la vida, capacitándolo para poner mucha energía personal en desenterrar las realidades psicológicas y espirituales ocultas dentro de la naturaleza humana.

HEMISFERIO SUR

Este Hemisferio comienza en la cúspide de la Casa VII y, en dirección contraria a las agujas del reloj, termina en la cúspi­de de la Casa I. Su punto de estructuración básica es el MC. Este Hemisferio se encuentra totalmente sobre el horizonte, simbolizando la experiencia consciente y focalizada en el mundo. Aleja al individuo de su dominio interior, privado de impresiones subjetivas y  reprimidas, y lo impulsa hacia los asuntos más objetivos y activos de la sociedad. En este He­misferio se desarrolla el sentimiento de identidad pública a través del cumplimiento de ambiciones y metas dirigidas ha­cia lo social. Se le presentan situaciones de vida impersonales, incluso de índole universal, que ponen a prueba su habi­lidad para funcionar colectivamente. Se desarrolla mejor si gravita hacia la vida pública donde puede relacionarse con las condiciones dinámicas y externas de su medio social. Es probable que gaste mucha energía tratando con los temas más vastos de su comunidad. Posee un mayor sentido de par­ticipación social que una persona con énfasis en el Hemisfe­rio Norte y funcionará mejor cuando se relaciona con mu­chas personas. Uno de los problemas de un Hemisferio Sur enfatizado será que el individuo puede volverse demasiado desapegado o alejado de sí mismo como para tratar con sus necesidades interiores. Tiende a buscar las soluciones a sus problemas fuera de sí mismo, en vez de intentar encontrarlas en su interior. No se sentirá cómodo cuando internaliza sus impulsos y focaliza su atención subjetiva sobre sí mismo y no sabrá cómo nutrir y proteger a su propio ser. En cambio in­tentará conocerse a través de sus logros mundanos externos. Tiende a relacionarse y a sintonizar mejor con su propia identidad si la mayoría de los planetas de este Hemisferio caen en el sector superior del Hemisferio Oriental.

Un Hemisferio Sur enfatizado sugiere que el individuo debe­rá utilizar sus habilidades en la vida para beneficiar el desa­rrollo de la sociedad de manera tangible y manifiesta. Sin embargo, si seis o más planetas se ubican aquí, el desequili­brio que probablemente tendrá lugar estimulará al individuo a dejarse impresionar demasiado por el producto final de sus esfuerzos, al tiempo que poseerá poca comprensión o interés duradero en los factores sutiles y motivacionales subyacen­tes a tales esfuerzos. Al tratar los desafíos de la vida de forma superficial, podría verse atrapado por la satisfacción de ex­pandir su influencia y poder en el mundo. Demostrará una gran capacidad para manejar los asuntos de la vida social fuera de sí mismo, pero fallará en contactar con las raíces de su naturaleza y en verse desde una perspectiva más profunda. Constructivamente, este Hemisferio enfatizado puede señalar a una personalidad socialmente activa que hace mu­cho en el mundo por estimular los cambios dentro del esque­ma de las cosas, en vez de reflexionar sobre lo que podría ha­cerse potencialmente. Intervendrá directamente en las reali­dades sociales, en vez de limitarse a idealizar tales condi­ciones, sin tomar una parte activa en su alteración. No se re­tirará del mundo y es capaz de confrontarlo según los térmi­nos que éste plantee. Compárelo con el individuo que posee un Hemisferio Norte enfatizado, el cual sólo puede lidiar con el medio externo según sus propios términos.


sábado, 9 de noviembre de 2013

La Vivencia Cíclica del Tiempo

Según afirma Dane Rudhyar, la función más elevada de la Astrología – conocida por los místicos de todas las épocas y razas – es la de revelar a la personalidad en evolución los momentos clave de la experiencia cíclica. Estos momentos se revelan de muchas maneras. En el libro “Una nueva visión de los ciclos planetarios”, de Cristina Vallejos (Ediciones Kier) se sugieren algunas propuestas que ayudan a tomar conciencia de los ciclos:
  •      Durante los equinoccios de Aries y Libra: Todos los seres humanos que estén realizando un trabajo autoconsciente pueden sintonizar, en estas fechas, con nuevos propósitos. Genéricamente, todos los años, en los días 20 o 21 de marzo y 22 o 23 de septiembre – que corresponden a los equinoccios de Aries y Libra, respectivamente – la naturaleza recibe el nuevo impulso cósmico. En las civilizaciones antiguas, se celebraban ritos estacionales. Para el interior del alma humana, puede actuar en forma de nuevos impulsos con significado creativo. Es un período para fecundar ideas, generar proyectos, poner en marcha acciones pendientes.
  •      El ciclo de la Lunación: Podemos registrar los tránsitos de la Luna en el cielo, señalarlos en el calendario y acompañarlos mediante un trabajo consciente. El arquetipo de todo ciclo es el ciclo del Sol y de la Luna (o ciclo de la lunación), con sus cuatro momentos básicos que se manifiestan como las cuatro fases de la Luna, simbolizando: inicio, crisis, plenitud, declinación y cierre.
  •     El ciclo anual del Sol: Simplemente, seguimos mes a mes el paso del Sol por los signos, concientizando la cualidad de esa energía y, si se posee este conocimiento, tomamos en cuenta por cuál de las casas astrológicas transcurre la experiencia actual y qué áreas de vida serán iluminadas por el tránsito solar.
  •     El tránsito diario del Sol y de la Luna: Cada día, el Sol avanza un grado, de manera que podemos tener presente en qué fecha tomará contacto con un planeta natal. El tránsito solar activa iluminando la cualidad del planeta sobre el que transita: “Yo quiero…” La Luna avanza unos trece grados por día y sensibiliza al planeta que aspecta: “Yo siento…”
  •      Otros ciclos astrológicos: Como, por ejemplo, los ciclos que comienzan con el encuentro en el cielo de dos planetas polares, por ejemplo: Júpiter/Saturno o Marte/Venus. Representan momentos de inicio de un nuevo intercambio. Para concientizarlos y acompañarlos vivencialmente, es necesario tener un conocimiento avanzado de Astrología.

martes, 29 de octubre de 2013

La Astrología como Ciencia Oculta

Fragmento de la Sexta Conferencia del libro “La Astrología como Ciencia Oculta”, de Oscar Adler.


Los antiguos egipcios poseían una ley astrológica que en cierto sentido permite apreciar cómo veían ellos el momento cósmico del nacimiento del niño, en relación con las condiciones terrestres de la concepción. Esta ley, conocida bajo el nombre de “ley de Hermes” es como sigue: “El punto del zodíaco en que, en el momento de la concepción, está la Luna, estará al nacer el niño exactamente en el horizonte del este o del oeste, y el punto del zodíaco en que está la Luna en el momento de nacer el niño es, a la vez, el mismo punto del zodíaco que, en el momento de la concepción, estaba en el horizonte, es decir que en ese momento salía o se ponía”. Es así que la Luna se convirtió en una especie de control de nacimientos (recordemos que, entre los griegos, la diosa lunar Artemisa era a la vez la diosa del nacimiento). Ya estamos en condiciones de darnos cuenta de que en este ley de Hermes, de la que nos ocuparemos en el curso de nuestras diservaciones, se anuncian conocimientos de muy profundo alcance.

El principio lunar, el semicírculo, era el principio femenino, el principio de la función memorística, de carácter pasivo, conservador, vuelto hacia el pasado, el principio reproductivo vuelto hacia la fase nocturna. El horizonte o frontera entre el día y la noche está, por así decir, en el cruce entre el pasado y el futuro. Es el principio de la memoria hereditaria el que en cierta medida se halla bajo el horizonte, en el ámbito de la noche. Por el nacimiento, dicho principio es sacado de este ámbito, y traspone la frontera que separa el pasado del futuro, pasando a integrar el reino del dia. De modo que no debemos considerar casual el momento del nacimiento. Tampoco la ciencia exotérica lo considera casual. Es por eso que las ciencias naturales, teniendo en cuenta precisamente que el momento del nacimiento no es más que la finalización de la fase de vida intrauterina del ser humano, de modo que en manera alguna es ese el momento en que se configura el ser humano individual, preguntan por qué la astrología considera tan importante el momento del nacimiento, al extremo de tomarlo como punto de partida para la concepción astrológica del individuo humano.

Y bien, en cierto sentido ya hemos respondido a esta pregunta; pero no lo bastante. La pregunta que a continuación surge, como consecuencia de aquella otra, nos muestra la dificultad íntegra de este problema.

Veamos esa pregunta: si el ser humano no se origina en el momento de nacer, ¿por qué no se elige más bien como punto de partida de la horoscopía el momento de la fecundación?

Pero: ¿Acaso el hombre se origina en el momento de la fecundación? El huevo y la célula espermática que se unen en la fecundación existían ya antes de tal fecundación, y su historia, la historia del plasma germen del ser humano, se remonta a un pasado eónicamente remoto, hasta el “seno de Adán”, tan lejos que no hay fantasía que lo pueda pensar hasta el fin, de modo que, si quisiéramos retroceder hasta el momento del “origen” del ser humano, tendríamos que llegar a la conclusión de que todos los hombres tienen la misma edad. Es decir que ninguno de nosotros llega a esta vida sin la carga de un pasado tremendamente largo, que se remonta a tiempos eónicamente remotos y configura su prehistoria, hasta llegar a aquella última etapa de su historia que comienza con el momento del nacimiento.

Y a continuación, profundizaremos esta noción, la que, por lo pronto nos permite conocer bastante de cerca las ciencias naturales.

Desde el punto de vista de estas ciencias, la historia del individuo humano puede remontarse hasta un grado determinado, al investigarse las ramificaciones de su árbol genealógico; es así que dicha historia se convierte en historia familiar e historia de la especie, desembocando finalmente de alguna manera en la oscuridad del pasado histórico, oscuridad imposible de aclarar.

Cada uno de nosotros trae algo de este pasado, algo que debemos considerar como herencia de esta serie de antepasados; cada uno de nosotros trae sus predisposiciones hereditarias, las buenas y las malas, tanto en lo físico como en lo psíquico mental; y las traemos como heredad que nos transfirieron nuestros padres; pero los padres no son más que los antepasados recientes dentro de dicha transmisión, son los últimos en conferirnos la heredad, modificada por la propia heredad de ellos, una heredad proveniente de un pasado histórico remotísimo que confluye en el cuerpo y en sus disposiciones, tal y como el hombre las encuentra al nacer.

Y este pasado del hombre halla su correspondencia en la constelación del momento de su nacimiento.

Pues también esto tiene su historia preliminar, su premisa, a saber: las constelaciones que se unen en el levantamiento de su horóscopo han llegado a través de peregrinaciones de siglos, milenarios, millones de años, por los espacios, al lugar en que se encuentran “el día que te dio a este mundo”.

Estas constelaciones han andado por los espacios durante millones de años, esperando pacientemente el momento en que tú aparecieras para brindarse en una constelación que ni antes ni después sería igual, para configurar tu horóscopo!  Millones de seres humanos vivieron antes de ti, formando la cadena de tus antepasados, vivieron y amaron, haciendo posible con su vida el que tú aparecieras sobre esta Tierra, el que tú debieras aparecer sobre esta Tierra.

No nos cabe duda de que un singular sentimiento se apoderará de todo aquel que piense esto por primera vez, que comience a conocerse por primera vez en su horóscopo. Un singular sentimiento, lleno de contradicciones que, por un lado, lo pondrá frente a la idea de la importancia de su existencia, mientras que por otro lado, le expondrá la insignificancia de tal existencia, en su calidad de fase perecedera del curso cósmico, del discurrir del universo que irá más allá que él, que concluirá por ignorarlo, como si jamás hubiese existido o somo si, en el mejor de los casos, hubiese llegado a ser miembro de una serie de antepasados de futuros herederos abocados a la misma ilusoria situación que él.

Por lo tanto, ¿qué soy en realidad? ¿Qué significa el hecho de que yo haya sido puesto en el final provisorio de una serie evolutiva que, habiendo comenzado con el principio arquetípico de la humanidad, me ha tomado a mí en este momento como punto de mira? ¿Acaso fui yo especialmente ennoblecido por aquella remotísima serie genealógica, ennoblecido por el hecho de que la multitud de seres humanos que me precedieron como miembro de tal serie, como miembros ya desaparecidos de tal serie, vieran en mí el cumplimiento del sentido de sus vidas, vieran en mí al heredero universal del cosmos? ¿Acaso sea al revés, es decir que, en presencia de las miríadas de comarcas solares que me miran de lo alto, mi nobleza no significa nada? ¿Soy una pobre “nada”, a despecho de mi aparente dignidad?

Por más que yo crea ser el punto de mira de una tan antigua serie evolutiva, de una serie que me confirió este cuerpo con todos sus atributos –cuerpo en el que confluyen los rayos cósmicos, en la forma anteriormente caracterizada, o sea, en forma “única”, jamás repetida-, sucederá que las mismas fuerzas que contribuyeron a crearme, continuarán obrando dentro de mí según las mismas leyes. ¿Qué importancia tiene, pues, el que sea yo quien pueda seguir asistiendo conscientemente a la obra futura de las fuerzas cósmicas, y qué importancia tiene el hecho de que haya sido encendida esta pequeña chispa que es mi conciencia?

En el mejor de los casos, ¿qué puede aportar mi vida a las inmutables leyes cósmicas a las que estoy sometido? ¿Cuál puede ser el contenido de esta mi vida, sino el de cumplir coercitivamente las necesidades, de las cuales estoy destinado a ser simplemente un espectador, mientras dure el breve período de tiempo que es mi existencia? En otras palabras: ¿Acaso el horóscopo, tal y como lo encuentra el hombre en el momento de nacer, no determina de antemano la línea que seguirá en lo futuro la existencia, con la totalidad que hace a su contenido? ¿No determina el horóscopo de antemano, inexorablemente, la obligación de aceptarlo todo, todo suceso, todo pensamiento, todo sentimiento, y aún toda acción, siendo pues, yo mismo nada más que un esclavo indefenso de tal inexorable exigencia, un esclavo cuya máxima sabiduría no puede residir más que en aceptar todo esto? ¿Queda, al cabo de todas estas exigencias, algo así como un resto de “libertad” para mí?

Es fundamentalmente importante que hoy respondamos a estas preguntas: si ellas quedan sin respuesta, ¿qué sentido tendría para nosotros el estudio de la astrología?